miércoles, 20 de abril de 2011

Casicha. Un cuento de la narrativa huantina (Cholerías)


Huanta ha tenido en Don Porfirio Meneses Lazón (1915 - 2009), a un ilustre huantino de la literatura peruana, considerado un neoindigenista de la generación del 50. Meneses ha sabido ilustrar a Huanta en su narrativa, precisamente en el libro "Cholerías" nos muestra la vida en los caseríos, sus paisajes de la campiña huantina, redactada con la maestría de la pluma y un lenguaje poético, reivindicando a los indios y mestizos de nuestra serranía. Para muestra les entregamos el cuento "Casicha" (escrita en 1946) de su libro "Cholerías".

Casicha

La campiña de Huanta ya muestra por marzo sus choclos maduros. Los maizales, por donde vaya la vista, se encuentran meciendo los infinitos penachos al vaivén de los vientos. Cuando han pasado los chaparrones propios de febrero, cada tallo presenta de dos a cuatro choclos de rubia cabellera, que sólo esperan el acomodarse en la gran olla de barro para hacer la felicidad de los cholos huantinos.

Este es tiempo de cuidado para los dueños de chacras. Primero, porque los cercos y tapiales son apenas simbólicos, y los caminillos van hilvanando todas las propiedades; y segundo, porque hay huantinos tan antojadizos…

El choclito de chacra ajena es siempre agradable para los que tienen maizal inmaduro, o para los que no tienen chacra. Y, desde luego, para todos los mataperros, sean mozos o mozas. Por eso ahora el viejo Eulalio Janampa, del pago de Pucarajay, está preocupado. Es el buen padre de familia que cavila por el pan del hogar.
Tiene mujer y tres hijos que alimentar y, cosas del tiempo cada vez más malo, ya no siempre da bien la albañilería en Huanta. Porque tayta Eulalio es albañil y encuentra que todo va peor ahora tal vez si, como él piensa, porque hay tanto forastero hambriento que todo lo está echando a perder. Hombre añoso, experimentado, tiene ideas ásperas sobre las cosas.

Compró el año pasado una chacrita en Huallhuayoj, y sembró en ella lo que hoy es un maizal hermoso. Han graneado admirablemente las mazorcas y pocos vecinos pueden ufanarse tanto como él ahora, ante las perspectivas de una buena cosecha. Sólo que aquellos mismos vecinos, han tomado buena nota de la hermosura del maizal del viejo Eulalio, para proceder en cuanto el sol se anide.

Eulalio conoce estas intenciones, y piensa que dará codillo a esos lagartos cuidando su chacra. Hubiera querido sin duda realizar ya la siega y parar los haces para el oreo, pero es que no puede darse tiempo por estas semanas pues está cumpliendo con una contrata urgente, a la que debe todas sus horas. De otro lado, no todas las plantas están igualmente maduras, en punto de corte, y hay que esperar un tanto hasta que los granos doren.

Ha construido ya la chuglla —chocita minúscula elevada sobre cuatro puntales—, y desde allí cuidarán su mujer o sus hijos. Ha establecido un turno, claro está. Si no va él, va Casimiro, el hijo mayor, y a veces doña Nativa con los dos más pequeños. El bueno del viejo es hombre de pocas pulgas tratándose del sustento de sus hijos: cuando vigila se acompaña de un nudoso palo y hay que temerlo. Pero menos pulgas aguanta la mama Nativa. Porque echa al diario un geniazo…

Cuando va ella a cuidar, llevando a Ipicha y Ruficha, la gente de las chacras cercanas no duerme. En la profundidad de la noche se percibe el ruido de piedras que caen desgajando las hojas del maizal y la voz de la mujer que de rato en rato dice:

—¡Qué hacendo ay, ladrunazo! T’estoy viendo ¿acaso qui nó? Si no te vas te rompo tu crisma. ¡Supaypa-huahua!

Generalmente no hay nadie, y es el movimiento de las hojas con el empuje del viento lo que provoca en doña Nativa éstas y otras expresiones de variado calibre. Porque nadie se atreve a cosechar pedradas en lugar de maíz tierno, desde que, según las trazas, mama Nativa no es mujer muy sentimental.

Pero ocurre a veces, en las noches lóbregas, que a señora tan animosa quiere invadirla el temor. ¿Quién no conoce el miedo? Entonces ella azuza a sus chicos, éstos al perrito y entre todos componen una orquesta infernal que mantiene despiertos a los vecinos en media legua a la redonda. Hasta que se les pasa el miedo o se cansan, y se duermen tan profundamente que ni un castillo de cohetes podría despertarlos.

Casimiro es mocito que merece atención especial. Cuando sus padres están de mal humor, lo llaman Casemiro, a secas; y si están cariñosos le dicen Casicha. Es un muchacho que ya tiene sus inquietudes. Posee su poquito de primaria, y aunque no ata bien dos palabras en castellano, en quechua es una tarabilla. Sabe que dos y dos son cuatro, y sabe también que en el cinema del pueblo se ven cosas bonitas, porque ya ha ido varias veces a repantigarse en la pulguienta cazuelita.

De aquí que experimenta cierta desazón al tener que marchar la mayoría de las noches para el cuidado de la chacra. Por él, bien se las pasaría sin choclos. Aunque es verdad que no piensa lo mismo cuando a la hora del yantar los ve humeando en su mate. Pero con gusto o sin él, va siempre por los senderos, a veces enlodados o malolientes, a cumplir con su tarea mientras de sus labios se deshila un huaino en agradable silbo.

En una noche de puras sombras, instalado como en abandono dentro de la chuglla dejaba vagar sus pensamientos, sus ideas, sobre todos los motivos de su preferencia. Pensaba en cuánto de agradable iba conociendo su vida. Y meciéndose en sus recuerdos, no llevaba cuenta del susurrante silencio de los innúmeros follajes del contorno; ni prestaba atención al chi–chi–chi–chi de los huajankichus, ni al vanidoso croar de los sapitos. No trasponía el umbral de sus oídos el tu-cuh lejano de algún búho agestado, ni el canto horario de los pichiusas. Mientras tanto, vivían en el ambiente la suavidad del aire tibio, el estar tranquilo de los árboles linderos y la oscuridad adherida a todas las cosas.

Pero algo hubo por fin que desvió el pensar de Casicha. Era un ruido sospechoso allá por un extremo de la chacra. Aguzó el oído y percibió un quebrar de cañas de choclo, un rozarse áspero y continuado de hojas. No había dudas: alguien robaba. De primer momento se incorporó y quiso arrojar piedras en dirección del ruido. Pero luego sintió curiosidad por localizar y conocer a quien lo producía. Salió cuidadosamente de la chuglla, y procurando la mayor levedad en sus pasos fue encaminándose hasta el extremo donde se hallaba el intruso. Se llegó primero al cerco y bordeando la chacra iba sorteando el manazo silente de algunas pencas agresivas, y el quebrarse sin penas de las ramitas bajo sus pies. Poco a poco se fue acercando al ruido extraño hasta poder precisar la silueta del causante: era una mujer que se movía por entre las plantas, quebrando los choclos de su tallo con la mayor destreza. Casicha pudo verla llenar rápidamente su falda e ir a vaciarla sobre una manta extendida por allí cerca.

Oculto al pie del cerco, el mozo atisbó las cercanías a que podía su vista alcanzar, y convencido de que no había nadie más, se trazó rápidamente un plan. Con el sigilo de siempre acortó aún más la distancia entre él y la desconocida, y de pronto dio cuatro saltos hasta ella y la cogió abrazándola por la espalda.

—¡Qué tala, no? Conque tú habías sido… ¿Qué tú haces aquí? ¡Ladrona!
—¡No, niñucha, taytito! ¡Soltamé! —exclamó asustada, aunque sin grito, la mujer—. Te lo pagaré. Cuéntalo tus choclos…
—Oiga, así namás quieres acabar. Aura vas a ver tú. Qué tala Margarita, su hija de siño Juélis. Robándome, ¿no? Tenes que yer conmigo hasta donde la guardia. ¡Vamos!
Quiso forcejear la muchacha pero Casimiro la tenía bien cogida y cerró aún más los brazos.
—¿Pero así tan miselabre vas a ser tú? —dijo ella. ¿Por estito, por estos cuatro choclos me vas a llevar al puesto? ¡Tatao! ¡Soltamé!
—Pechuga, ah? Todavía mi robas y te voy soltar tranquelito. Vamos…
—¡Pero soltamé, te pagaré pues! Cuánto plata ya va a ser…

Y procuraba deshacerse de las tenazas del mozo. Antes que gritar hablaba atenuadamente, pero con nerviosidad, agitación. Le aterraba pensar que los vecinos pudieran enterarse del hecho. Por su parte, Casicha estaba dispuesto a hacer respetar su propiedad. Sobre todo porque había reconocido en la muchacha a la jugosa y deseable hija del siñó Félix Champa. Por ello, tácticamente, siguió en su aparatoso afán de amedrentarla con la idea del puesto policial. Hablando de ella decíale:

—Toma. Por qué tú mi robas. Vamos.
—Pero aistá pues, lo dejo todito —se resistía ella, ya sin valor. Mañana tempranito te daré tu plata de lo que lo hey partido de su huero. ¿Acaso no te voy a pagar? Déjame, pues.
—No me da mi gana —repuso el cholo, pero en seguida agregó: Bueno, te voy perdonar, pero…

Había considerado la alarma como suficiente para sus fines. Al pero condicional sucedió un nuevo giro en la orientación de sus fuerzas. Por algo era que no había dejado por un instante de aprisionar a la hermosa ladronzuela. Fue entonces que ésta convirtió su miedo en indignación: —¡Ah! ¿Y tu lisura? Conque, ¿no? ¡No quiero! Voy llamar a mi papá, verás. ¡Pa…!

—Zonza pues no seas, niñacha. Callaté…

Ella tenía un gesto airado que se imponía sobre la penumbra, y había sacado de quién sabe dónde unas fuerzas endiabladas. Hacían tensión todos sus músculos. Pero el mozo tenía energías persuasivas y muy pronto la convenció de que había una culpa que purgar. La Margarita, pues, le pagó a Casicha todos los choclos cogidos y por coger, ante un jurado de sombras.

Cobrada la deuda, satisfecho el mozo, empezó solícitamente a quebrar más choclos para la manta de la muchacha. Mientras tanto, parada a un lado, podía verse la silueta de ella destacando un aire de altivez y de enojo notablemente encendido. El cholillo advertía:

—Otro vez que no te vay’encontrar mi papá porque no te lo escapas del puesto. Ni mi mamá tampoco porque lo rompería tu cabeza. A la vista cuando yo venga voy estar silbándome, entonces…
—Si pues, —cortó socarrona la chola— por tus tan lindos choclos voy estar viniendo a faltarme. ¡Plaga!
—No te molestas niña. Pasau mañana también voy cuidar aquí…
—¡Jajay! ¡Eso cuando…! —rió ella, y cogiendo su atado echó a correr perdiéndose pronto en la oscuridad.

Casicha es ahora el más empeñado en cuidar la chacra. Va hasta cuando no le toca, dando así gran alivio a sus padres.

—Pobre mi huarma, — dice el tayta Eulalio —cómo se preocupa por nuestras cosas.

En tanto, el maizal presenta en las noches, como siempre, su perfume de huacatay, el chillido de sus grillos, el canto bronco de sus búhos. Y, como siempre también, bajo cielorrasos de piedra —como en diminutos proscenios— dan su canto los sapitos. De día, la luz lo viste todo con los verdes. El maizal está hermoso. Sólo el viejo Eulalio no se explica cómo, habiendo buena vigilancia, disminuyen tanto los choclos.

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